La mano me tiembla un poco por los nervios mientras desenvuelvo el pañuelo blanco y negro que me regaló Dria la primera vez que abrimos una casa. Lo extiendo en el suelo con suavidad para no hacer ruido y con los dedos palpo las puntas de las diferentes ganzúas hasta notar la forma de sierra que busco, no tengo mucho tiempo y prefiero usar la Snake para ir sobre seguro que arriesgarme a hacerlo con una individual, la puerta solo tiene cinco pines y debería ser capaz de abrirla en menos de un minuto. Con el tensor en la otra mano, le paso un par de raspadas a la cerradura y oigo el repicar de los pines contra la ganzúa, un par de veces más y el cerrojo cede ante la pequeña fuerza que ejerce el tensor, dando dos vueltas acompañándolo de un seco “clack” del seguro al abrirse. Respiro.

Han pasado 3 días des de que encontré el cuerpo de Joseph – ahora sabía que se llamaba Joseph – tendido en el suelo de su habitación, y las imágenes no dejan de pasar por delante de mis ojos como una película a cámara lenta.

Recuerdo el momento en que decidí pasar por su casa al ver que no respondía los mensajes que le enviaba, suele ser de los que está delante del ordenador las 24h y, cuando está lejos, está constantemente con el teléfono tecleando a través de SSH a cualquiera de sus servidores. Al llegar a su casa, llamé al timbre como de costumbre siguiendo el código, pero no contestó. Al principio pensé que me habría olvidado del último código que me había dado y estuve repasando mentalmente los diferentes ritmos que me había pasado en los dos últimos meses. Pi piiii piiii pi piiiii, pi piii pi pi pi, si, era esa. Repetí la operación un par de veces y, al ver que seguía sin contestar, probé sin éxito empujar la puerta y acabé por cruzar la calle y sentarme en un pequeño escalón que quedaba en la panadería cerrada de enfrente de casa de Joseph.

Mientras un cigarro se consumía entre mis dedos, ojeé las paredes de aquel viejo edificio de la calle Tànger. El edificio donde vivía Joseph era de aquellos a los que el ayuntamiento no gusta de mantener en pie, ensuciando su querida ciudad prostituida vendida al turista que mejor pague, un par de señoras que aún viven en el segundo piso evitaron su demolición mientras aguantaban presión de alguna de las grandes empresas inmobiliarias que buscaban un poco de dinero rápido con la compra-venta y llegó Joseph para molestar un poco más a la empresa y, de paso, echar un cable a las dos señoras en todo lo que pudiese. Las humedades se filtraban por debajo del balcón hasta el exterior dándole al edificio un aspecto de cara llorando y triste, como todo en esta asquerosa ciudad.

El olor de pollo quemado que desprendían mis dedos al acabar de consumirse el cigarro me devolvió a la realidad. Me levanté y volteé el edificio buscando el acceso que utilizamos con Joseph la primera vez, la ventana seguía rota así que no costó subir escalando un poco hasta poder abrirla con facilidad, y entrar. Una vez dentro, algo raro me hizo poner todos mis sentidos en alerta, así que poco a poco me encaminé subiendo los escalones hacia la tercera planta. Al pasar por delante de la puerta del 2º, pude ver que la puerta estaba entreabierta, no era una buena señal, así que seguí subiendo los escalones un poco más rápido hasta llegar a la puerta del 3º 1ª, estaba abierta de par en par.

Fui adentrándome al piso para poder observar mejor la situación. A mi izquierda, un pequeño salón presidido por un único objeto, un sofá azul apuntando a la pared de delante, aguantaba a duras penas el paso de los días. Un poco más allá, con unos azulejos azules y blancos que contrastaban con el color carne del resto del piso, una cocina del tamaño de un policlín batallaba por dejar ver alguno de sus resquicios entre cajas de Red Bull y Pizza. Con una sola mirada pude tener controlada la zona izquierda así que decidí adentrarme poco a poco en el pasillo que salía hacia mi derecha, acercándome a lo que parecía un zumbido de ventilador que venía de la última habitación.

Asomando un solo segundo la cabeza pude contemplar la que, por desgracia, sería la primera de muchas escenas de muerte que vería en mi vida. A veces uno no es consciente de donde se mete hasta que ya es demasiado tarde, aunque también es cierto que muchas experiencias hay que comprobarlas por uno mismo.

Joseph estaba tumbado boca abajo contra el teclado de su ordenador con un agujero en la cabeza del tamaño de mi puño. Las piernas me fallaron y caí al suelo con pequeños espasmos, los ataques de ansiedad volvían. No sé cuanto rato pasé en esa posición, pero cuando conseguí recuperarme la luna se había comido al sol y una luz tétrica ocupaba ahora la casa. Intenté recuperar los sentidos y la concentración, debía salir de ahí cuanto antes. Me acerqué al cuerpo inerte de Joseph y lo cacheé en busca de información. Después de rebuscar entre las cosas de su habitación di con su cartera, con la que pude por fin ponerle un nombre a CitizenZero y saber que se llamaba, o al menos eso ponía en el carnet de conducir que encontré, Joseph Piñol.

Repasé un poco más la habitación para ver si encontraba algo y le hice un repaso al ordenador también, alguien precavido como CitizenZero hubiera desconectado de cuajo el ordenador sin dudarlo un instante al alertarse de cualquier peligro antes que dejar a la merced de cualquier atacante su información personal. Eso solo podía significar dos cosas, o bien su asesino había conseguido colarse en su casa sigilosamente y dispararle por la espalda, o era alguien de su confianza que le había tendido una trampa.

Creo que nadie se ha dado cuenta del sonido del cerrojo al abrirse, así que empujo suavemente la puerta y recojo las ganzúas que habían quedado en el suelo y las pongo de nuevo en la mochila.

Después de la experiencia con Joseph, esta vez he decidido coger la pistola que compré cuando Silk Road estaba en su esplendor. No me acababa de creer que se pudieran comprar armas a través de internet, por muy Geek que yo sea, así que hice una prueba pasando algunas décimas de los btc que tenía ahorrados desde los “primeros días” y, sin acabar de creérmelo, la pequeña pistola Smith & Wesson M&P9 SHIELD acabó llegando a uno de mis drops. No tenía absolutamente ni idea de armas hasta el momento, así que con una pequeña búsqueda a duckduckgo había encontrado más información sobre los modelos que había visto anunciados en SR y me había decantado por ésta, una automática de 9mm.

Antes de entrar en casa de Uppercut, tomo una bocanada de aire.

Solo a Joseph lo había visto en persona y no sabía su nombre de verdad hasta que lo vi en su carnet de conducir. A Uppercut y Tatari no los había conocido en la vida real, nuestra relación se limitaba a los mensajes codificados que nos mandábamos para pasarnos la información sobre las entregas, las direcciones y los pagos. Habíamos establecido un sistema lo suficientemente seguro como para poder transferirnos una dirección en caso de que pasara algo, y solo Uppercut y nosotros dos nos la habíamos intercambiado.

Un pasillo avanza desde mi posición hasta el final del piso, desde la puerta puedo ver casi la totalidad del piso. Es uno de esos pisos pequeños de La Sagrera en las que se amontonan en 15 pisos de altura y 4 por planta diminutos espacios de cuarenta-y-cinco o cincuenta metros cuadrados. El pasillo comunica la puerta de entrada con el salón, que con un pequeño arco ocupa el centro del piso junto con la cocina, dando a todo el piso un color de aceite quemado. Avanzo poco a poco dejando a mi derecha una puerta que debe comunicar con una habitación, y paso por delante del lavabo hasta llegar al salón. Ahí, varios ordenadores ocupan el espacio que algún día tuvieron la televisión y los sofás y que, aun encendidos, parpadean con una luz tenue y blanca en la oscuridad del piso. Una puerta al fondo llama mi atención, así que poco a poco me voy desplazando por el salón intentando no tocar nada hasta que, con miedo, abro la puerta.

De nuevo un escalofrío recorre mi espalda, Uppercut está tendido en la cama con 2 agujeros de bala. De nuevo me toca presenciar la muerte, el tiempo se congela y un ambiente extraño invade el piso… Toca irse, no quiero perder ni un segundo más en este piso, algo grande está ocurriendo y podría ser el siguiente.

Hago un último vistazo al salón en busca de algo que no sé que es cuando un ruido que viene de fuera me recuerda que la puerta del piso aún está abierta.

Estoy demasiado ensimismado en mis pensamientos para darme cuenta de que la puerta de la habitación que había pasado al entrar parece entreabierta. Demasiado tarde, cuando me doy cuenta estoy tumbado en el suelo con un líquido caliente saliendo entre mis dedos… mi sangre, alguien me ha apuñalado por detrás y solo puedo llegar a ver sus pies al salir corriendo del piso antes de perder el conocimiento.